El pasado 21 de febrero vivimos un momento muy especial: una celebración sencilla y profunda de acción de gracias por la vida de Josep Rius-Camps, a quien muchos conocíamos cariñosamente como Pep. El acto, organizado por Asociación Text, reunió a más de 90 personas entre amigos, familiares, discípulos y personas que, de una forma u otra, habían sido tocadas por su vida y su obra. Fue un encuentro marcado por la gratitud, el recuerdo y el cariño compartido.
La celebración se llevó a cabo en la ermita de Reixac, un sitio que marcó su vida. Pep vivió allí durante casi cincuenta años, ya lo largo de todo este tiempo Reixac se convirtió en mucho más que una casa: fue comunidad, lugar de encuentro, amistad y estudio, un refugio abierto donde muchas personas han encontrado conversación, orientación e inspiración. Para muchos, Reixac ha sido también un pequeño faro, discreto pero constante, desde donde Pep ha irradiado pensamiento, acogida y pasión por la investigación. Sus restos, depositados al pie de la Virgen románica, descansan ahora junto a los de su buen amigo Josep Maria Juan-Torres.

Un Homenaje Lleno de Gratitud
El acto empezó con unas palabras de bienvenida que ponían el tono de la celebración: más que un homenaje, se trataba de agradecer el tesoro que ha sido la vida de Pep. Un hombre de Dios, de palabra y de oración; alguien que vivió con coherencia lo que estudiaba y enseñaba, y que supo dar su vida por los amigos con generosidad: su tiempo, su presencia y su sabiduría.
A lo largo de la celebración se realizó un recorrido por su trayectoria vital a través de palabras, música, imágenes y testimonios. En una breve semblanza se recordaron algunos rasgos esenciales de su biografía. Hijo de una familia numerosa —de un padre ebanista y una madre maestra—, creció en un ambiente que le transmitió tres valores que marcarían toda su vida: la convivencia, el arte y la enseñanza.
Estudioso, artista y amigo cercano

Los últimos treinta años de su vida los dedicó especialmente al estudio del Códice Beza, una de las grandes pasiones intelectuales que le acompañaría hasta el final. Incluso en los últimos años, desde la ermita de Reixac —tan cerca del cielo y con los pies en el suelo— seguía estudiando, impartiendo seminarios y compartiendo sus descubrimientos con grupos e instituciones.

Pero durante la celebración también se quiso recordar a Pep más humano y cercano. No sólo era un teólogo riguroso, sino también un hombre sensible a la belleza de la naturaleza, gran excursionista y buen observador del mundo. Cultivó la fotografía y también la poesía, que a menudo compartía con amigos y conocidos, especialmente en forma de mensajes de Navidad.
Varios testigos pusieron palabras a esta dimensión personal: su capacidad de amistad, su sentido del humor, su hospitalidad y su forma de encarnar lo que creía y enseñaba. También la familia tuvo voz, recordando al hermano y al tío cercano que había crecido en medio de una gran familia de doce hermanos y hermanas.

La música y el silencio también formaron parte del recuerdo. Se interpretó un minué que le gustaba especialmente, seguido de unos momentos de silencio contemplativo. Más adelante, se escuchó el prólogo del evangelio de Juan según su propia traducción a partir del Códice Beza, un texto que había estudiado con pasión en los últimos años.

La celebración cerró con una recopilación de imágenes de su vida y con el canto “¡Au, pren alè!”, mientras tañían las campanas de la ermita: 92 campanadas, una por cada año de su vida. A la salida de la ermita, una copa de cava permitió continuar compartiendo recuerdos y conversaciones, un precioso tiempo de reencuentros. La ocasión se convirtió en un punto de encuentro donde las conversaciones se alargaban con naturalidad: recuerdos compartidos e historias que volvían a la memoria. En los pequeños grupos improvisados, la figura de Pep iba apareciendo en cientos de anécdotas: una clase memorable, una excursión, una conversación profunda o un gesto de amistad. A través de todas aquellas voces, su presencia sigue viva entre nosotros, tejiendo memoria y comunidad.
Fue, en definitiva, un encuentro lleno de agradecimiento. Una forma de celebrar una vida vivida intensamente, siempre en camino, siempre buscando la verdad. Como el título de uno de sus libros, que resume bien su itinerario: el éxodo del hombre libre.
Y así le recordamos: con gratitud, con cariño y con la certeza de que su vida ha sido un regalo precioso para tantos de nosotros.




Fue un homenaje precioso, sencillo y profundo. En el lugar adecuado y rodeado de personas que le queríamos. Feliz de tomar parte. ¡Gracias a los organizadores!